2do Premio - Cuestión Nominal por Adriana Mónica Lamela

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Las olas rompen con furia salvaje contra el acantilado. Las horas llegan; pasan. La marea sube; baja.
Los pescadores han tirado ya las redes al generoso mar y, después de recoger sus ventas, van de regreso al hogar, con los canastos vacíos y los bolsillos no tan vacíos como al amanecer. Durante el tiempo de la pesca, una bandada de gaviotas ha dejado descansar sus alas, planeando a la espera de aquello que desechan los hombres.
Una de ellas, curiosa, se ha posado frente a una forma inmóvil que destaca sobre el risco más alto. La figura no se mueve; apenas se diferencia de las rocas por el lento e imperceptible movimiento de su pecho mojado.
Y la figura inmóvil a su vez, descubre que no esta sola. Pone atención al pájaro blanco-grisáceo que la observa, tan quieta como ella. En sus labios, asoma un deseo que su voz expresa con un casi imperceptible desgano:
- ... quisiera tomar tu lugar - susurrra - ...ser una gaviota…-
Un tenue movimiento sorprende la confianza de la indiscreta gaviota que alza repentinamente el vuelo, posándose exactamente detrás de la silueta. Y ésta entonces, deja que el mar se robe nuevamente sus ojos y sus lágrimas, perdiéndolos entre la espuma de las olas y el arrullo de las caracolas.
La memoria, igual que un barco encallado, a punto de naufragar, se le queda varada en los recuerdos que irrumpen en su corazón con la misma fuerza y urgencia con que el mar envía sus olas hacia la playa desierta.
Puede ver las grandes ilusiones, el gran amor siempre tan soñado y tan ausente, siempre. Puede ver su adolescencia y su juventud, deshaciéndose entre la espuma y la sal y más allá, el símbolo de la amistad eterna, apenas una rama de tamarisco abandonada al castigo del oleaje.
Y cree ver además, en el continuo gorgoteo del agua en la arena, algún hijo que no dejó crecer en su vientre, desapareciendo bajo la arena, como las almejas. De pronto, ante esos ojos apagados y al mismo tiempo, brillantes por las lágrimas, una nube se transforma en un gran barco de velas azules.
Sentado frente al timón, se encuentra nada menos que su padre, pescador de utópicas grandezas, cuya inmensa sabiduría excedía - para ella al menos - la del mismísimo mar.
Allá va; pipa en mano, anteojos de grueso marco negro y sobre su regazo, un libro. El infaltable compañero de viaje.
Lo ve alejarse; más, más, hacia donde el horizonte se confunde con el cielo.
Como un eco, se oyen los acordes de un arpa milenaria y ella, siguiendo aquella melodía mística, voltea la cabeza hacia la derecha: una acumulación de rocas simula una perfecta capilla y puede ver, como si corriera una película, la imagen del día de su boda. Allí está el Padre José y el altar, desbordado de jazmines amarillos. Y ella, con aquel vestido prestado color marfil, junto a él, un príncipe que no es azul: no es el de los cuentos de hadas, pero sonríe. Ambos sonríen, sin pensar en mañanas.
En una roca más alta se erige un Cristo bendiciendo la ceremonia. Una imagen que parece perfecta. Pero no lo es.
No lo es porque ella al siguiente instante, sólo puede ver otra figura que vestida de negro, con galera y capa rojas, parece burlarse de la feliz escena, mientras con un hacha, voltea cruelmente la preciosa Cruz.
Una ola golpea rabiosa las rocas y de pronto ya no hay imágenes. Sólo espuma, sal y brisa marina.
El frío cala los huesos y las horas continúan su viaje.
La forma inmóvil sigue ahí y también la gaviota, sobrevolando la arena, las rocas, la sal y aquella honda amargura que congela el aire. Y de pronto, la mujer, antes tan quieta y silenciosa, extiende sus manos y la gaviota, perdido todo rastro de temor, se posa en ellas. Las manos antes heladas cobran vida, impregnándose de la tibieza de ese plumaje blanco y suave.
- Sabes – dice entonces la mujer, con una voz quebrada y apenas audible – yo podría haberme llamado Blanca - como la espuma marina - o quizás Isabel - como la Católica – o tal vez pude llamarme Dalila - como la de Sansón - o Dulcinea, la del Quijote.
- ...de todos modos, mi nombre, leí en alguna parte, significa mujer del mar, guerrera ... ¡bah!... que absurdo - hace un gesto despreciativo con su cabeza y agrega:
- tú gaviota, que recorres eternas distancias y abarcas en tu vuelo el mundo entero, ¿crees que un nombre puede marcar el destino de quien lo posee?-
Mientras ella habla, la gaviota la observa fijamente, con una mirada intensa, indescifrable y, cuando concluye su pregunta, el pájaro alza el vuelo, perdiéndose entre las olas.
Y la mujer, creyendo que la ha asustado y pensando que finalmente, sólo es un ave y no puede entender lo que ella siente, reincide en su tristeza.
Exhala un prolongado suspiro y cierra los ojos.
Instantes después, al abrirlos, la gaviota se halla otra vez ahí.
Cómodamente instalada sobre una mochila, sacude sus empapadas alas y le lanza un objeto que traía en el pico. La mujer, lo recoge en el aire. Es un grueso brazalete de oro con una inscripción por dentro. Sacudiendo la arena adherida a su superficie, puede leer:
“A Mariángeles con amor. Juan, 20/02/67 “
La mujer permanece pensativa y en silencio durante algunos minutos, sin perder de vista a la gaviota. Y entonces recuerda.
En ese año, 1.967, un yate propiedad del intendente de la villa turística, se había hundido tras una gran tormenta, cobrando la vida de la hija del funcionario, María de los Angeles Buenaventura y la de su flamante esposo, Juan Pablo Salomón.
La mujer, contempla a la gaviota por algunos minutos más.
- mi plumífera silenciosa…- le dice con una sonrisa triste pero luminosa – después de todo, quizás me has dado una gran lección. Quizás...-
Dirige una última mirada al mar y a su alada amiga y luego se incorpora, apoyándose en una gran roca algo plana. Sólo entonces, repara en la leyenda allí grabada:
“el sufrimiento y la fatalidad no tiene nombre,
ni tiempo… mucho menos protegidos celestiales”.
La gaviota, por su parte, la observa alejarse, con la espalda erguida, y ahora relajada. Y alza el vuelo, hasta perderse allí donde el horizonte se confunde con el cielo.
La mujer, antes de partir, voltea una vez más hacia la playa y aspira profundamente. El aire marino tiene un raro y exquisito aroma a tabaco. Como aquél de sus recuerdos.
Como aquél sí; el preferido de su padre.
Adriana Mónica Lamela


