Cuentos cortos de Esteban Casañas Lostal (Uno)
“Sería interminable todas las narraciones, historias y anécdotas, de esta gente que aún jugándose la vida, muchos de ellos no perdían su buen carácter y los deseos de hacer maldades, eso es material para otro libro sobre el mar, solo quería no dejar de pasar por alto la existencia de estos seres, con los cuales compartí más de la mitad de mi vida en Cuba.”
Este es el epilogo de las narraciones de Esteban Casañas Lostal.
Antaño, oficial de la marina mercante cubana, hoy exiliado en Canadá, donde se ha dedicado a narrar sus ricas y numerosas vivencias en blanco y negro. Casañas Lostal es el autor de Cuba es un cuento, compay.
De la pagina de otro cubano, residente en Miami, Armando Acosta hemos recogido estos relatos frescos, alegres y marinos de Esteban que sin duda son una brisa en el alma de cualquiera que navegue lo haga donde lo haga.
Mucho mar, vida de marino y una serie de historias narradas con humor y amor por el mar y los barcos.... Van cuatro cuentos cortos...
El Ahorcado
Armando era un guajirito de esos, que habían engrosado las filas de la marina mercante, nunca en su puta vida había subido a uno de esos gigantes de acero, y sus primeros días a bordo los gastaba mirándolo todo, sin percatarse de que todos lo miraban a él, pero no con las mismas intenciones. Para la tripulación era uno más de la tonga de guajiros que habían llegado, pero lo más importante era, que ahora contaban con un novato para hacer de las suyas. En esos tiempos cada quién pagó su novatada, unos más caros que otros, pero pagadas al fin.
Era muy sociable en el trato con sus compañeros de trabajo, y pronto se vio atraído por los barcos, muy pronto comprendió, que aquello era mejor que estar cortando caña u ordeñando vacas por las madrugadas. Mientras el barco se encontraba en puerto, la gente se mantenía distraía en el ir y venir a sus casas, nadie andaba en jodederas, eso se dejaba para las navegaciones y así poder soportar el largo tiempo viendo solamente cielo y agua. Todos los días a las cinco y media, Armando se acercaba hasta la cocina e intercambiaba algunas palabras con los cocineros y camareros, a esa hora es que comienzan los preparativos para montar las mesas, ya que el horario de comida es sagrado a bordo de los barcos, todos los días es a las seis de la tarde, rompiéndose esa costumbre solamente en casos justificados, como por ejemplo, una maniobra de entrada a puerto.
Una de esas tranquilas tardes, el cocinero le pidió de favor a Armando que se llegara a las neveras, para que subiera el postre y el agua fría para la comida, ya que el camarero brillaba por su ausencia. El guajirito muy complaciente, se sintió verdaderamente estimulado con aquella solicitud, la cual demostraba que ya se encontraba ganándose la confianza de la tripulación, así debió haber pensado, ya que a la gambuza y a las neveras, solo tenían acceso el personal que trabajaba en la cocina y los camareros, para todos los demás estaba prohibido. El mayordomo le entregó las llaves y le indicó en cual nevera podía encontrar lo solicitado. Muy orgulloso bajó por la escalera que conduce a la gambuza, la abrió y cerró tras de sí para dirigirse a las neveras, pero cual no sería su sorpresa, cuando descubre justo a sus espaldas, al camarero que debía poner el servicio del comedor a esa hora ahorcado. Las piernas le temblaron al ver el rostro amoratado de aquel tripulante balanceándose, con el vaivén de las olas, cuando tuvo un segundo de lucidez, arrancó corriendo escaleras arriba, mientras gritaba a todo pulmón que había un ahorcado, a nadie le interesó aquella noticia, todo el mundo continuó sus labores, mientras Armando devoraba los siete pisos que lo separaban desde la gambuza hasta el camarote del Capitán, a golpe limpio logró que este le abriera la puerta y penetró en su salón sin darle tiempo a que él lo autorizara, mientras pálido y con temblores, no paraba de repetir:
- ¡Hay un ahorcado coño! ¡Hay un ahorcado coño!- El capitán le ordenó que se sentara y de su refrigerador extrajo una botella de agua que le ofreció en un vaso, mientras le pedía que se calmara.
- Vamos tómate esa agua y relájate, después me cuentas.- El guajirito, que apenas podía sostener el vaso en sus manos bebió el agua que el Capitán le brindara, luego, extrajo de un armario una botella de ron y le sirvió en el mismo vaso. – Vamos hombre, tómate esto ahora.- El guajiro sin atinar que era lo que le estaban ofreciendo, se disparó de un solo trago la mitad del vaso de ron, respiró profundamente y expresó:
- Capitán, Arturo está horcado en la gambuza.-
- Coño, otra vez se ahorcó ese hijo de puta, voy a hablar con él cuando tenga tiempo.- En ese momento sonó la campanilla que avisaba que la mesa estaba servida.
- No te preocupes tanto Armando, un ahorcado más uno menos, esa es la vida, mejor no vamos a sufrir y bajemos a comer.- El guajiro seguía sin comprender nada, se había calmado un poco y bajó tras el Capitán, pero se separó de él para dirigirse al comedor de tripulantes, allí, con su filipina blanca se encontraba Arturo distribuyendo las fuentes, al entrar el guajiro solo se le ocurrió decirle.- Me cago en el coño de tu madre.- Las carcajadas de todos los tripulantes se oyeron en la mitad del Océano Pacifico.
El maricón
Todavía se conservaban frescas las huellas de la cacería, desatada contra los homosexuales en Cuba, hacía muy pocos años que la mayoría de ellos desfilaran por los campos de concentración de las llamadas UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), sin embargo, esa guerra sin cuartel en contra de los maricones no había terminado, había que detectar también a los que lo llevaran oculto, ser maricón era sinónimo de contrarrevolucionario, por eso, el que lo fuera de esta manera, tenía que medir muy bien el timbre de su voz al hablar, como también sus gestos, siempre que se desarrollara dentro de un colectivo de hombres. En la marina ser maricón era imperdonable.
A principios de nuestro ingreso en la flota, fue llamado Manolo al seno del partido, el tipo era un guajiro bruto de Pinar del Río, creo que solo había dado dos viajes al extranjero. Allí le explican, las sospechas que el Partido tenía sobre la auténtica hombría de Robertico, y le piden, que por ser la persona más allegada a él, colaborara en un plan para definir de una vez y por todas esta embarazosa situación, para así tomar las medidas pertinentes.
Manolo, guajiro y burro al fin, aceptó la propuesta realizada por los secretarios del Partido a bordo, esta consistía, en que el guajiro sedujera al supuesto mariconcito en su camarote, y que transcurrido un tiempo, ellos entrarían en el mismo utilizando la llave maestra. Esa noche, obedeciendo los mandatos de su partido, le sacó conversación a Robertico, que poco a poco condujo por el camino deseado. Pero parece que Manolo no pudo soportar el grado de excitación que sintió ante su presa y cuando la puerta del camarote se abrió, lo encontraron haciendo el amor con el ahora confirmado mariconcito.
A la llegada del barco a puerto cubano, Robertico fue expulsado de la marina deshonrosamente. Por otra parte, Manolo fue llamado al seno del núcleo del partido, y allí se le informó, que causaba baja deshonrosa del mismo por bugarrón (pederasta activo) y también de la marina. Pero como él no era un tipo pendejo se defendió alegando:
- ¿Cómo carajo ustedes me van a pedir la cabeza ahora? Ustedes saben que yo estaba cumpliendo una misión del Partido.- Aquello provocó cierta duda entre los que estaban ajenos al pacto realizado, entonces, el secretario del Partido le respondió con energía.
- Sí, nosotros te encomendamos esa misión, pero nunca te orientamos que se la metieras.-
Murillo, el Tiburon y el Checo
Todavía en la década de los setenta, nuestros barcos transportaban una que otra vez a pasajeros con múltiples destinos desde Cuba y hacia nuestro país, esto era debido a la escasa flota aérea que poseía Cubana de Aviación, para eso se utilizaban camarotes dispuestos para ellos y en oportunidades, el que tenía cada buque para uso exclusivo de su Armador. De esta transportación no escapaba ningún barco, por muy pequeño que fuera, así un día, tomamos en el puerto de Rotterdam, una familia checa compuesta por el matrimonio, la hermosa hija de unos quince años llamada Eva y el pequeño varón de unos doce años llamado Vlado. En esos tiempos los barcos no poseían medios de entretenimiento, solo recuerdo que teníamos a bordo un proyector de películas de fabricación rusa, y para un viaje de ida y vuelta, la Empresa nos entregaba unos cuatro filmes, casi siempre con las cintas partidas por las partes más interesantes, o sea, donde aparecía alguna mujer desnuda. En ese tramo de película la tripulación le pedía al que la proyectaba que parara, y regresara la cinta de nuevo, así se repetía en tres o cuatro oportunidades, hasta que el calor del foco quemaba la cinta. Fuera de ese proyector, solo había un pequeño radio en el salón de tripulantes que se oía muy mal en la medida que nos alejamos de tierra, entonces, la gente solo se dedicaba a jugar dominó.
Todas las tardes y mientras el tiempo lo permitía, nos sentábamos en la popa del barquito “Habana”, cada quién se acomodaba encima de las bitas, no había que caminar mucho porque quedaba justo detrás de la cocina, una vez allí, disfrutábamos de animadas tertulias dadas por los más veteranos, aquellos que considerábamos verdaderos lobos de mar, donde nos narraban sus inagotables historias, mas o menos lo que hago hoy. Esta familiar sobremesa realizada en el exterior, eran en sumo agradables y yo las consumía con mucho interés, uno de sus principales protagonistas lo fue siempre el viejo electricista de apellido Murillo, supongo que por la edad deba haber fallecido hace mucho, ¿pero que pasó ese viaje?, sucedió algo que al viejo no le gustó mucho, le salió en el camino un competente, pero lo que más le jodía era que no fuera cubano, porque para hacer cuentos, para eso, hay que buscar a un cubano, de verdad que nunca paramos y hacemos diez cuentos a la misma vez.
Aquel imparable cuentista era el checo que viajaba de pasajero, el tipo hablaba español, era Ingeniero en Minas, trabajaba desde hacía muchos años en Cuba, se la conocía al dedillo. La recorrió por mar, tierra y aire, en fin, el tipo se la sabía todas, pero cuando nos hablaba, sentíamos en sus palabras que se dirigía a un público integrado por indios. Hablaba cosas y temas muy interesantes, pero de verdad que aquello me molestaba y no digo como se encontraba el rostro de Murillo, cuando el tipo le quitaba la palabra y no lo dejaba hablar más.
Todos los días se repetía la misma escena y nosotros haciendo muy bien el papel de comemierdas, hasta que una tarde, el tema de la sobremesa fue de animales y el checo no ahorró palabras para destacarse como cazador de las selvas africanas. En uno de esos intermedios inoportunos para el checo, Murillo tomó la palabra y le comenzó a narrar esta historia.
- Bueno, la verdad es que nunca he cazado en África, ya que toda la vida he sido marinero, pero si supieras.......... Mira, yo tengo mi casa pegada al mar, siempre he amado al mar y por supuesto, me gusta mucho la pesca........ Qué te cuento, que una de esas mañanas me tiro en mi pequeño bote que tengo amarrado al patio de la casa a pescar, con la esperanza de agarrar algún bicho bueno para comer. Me pasé todo el cabrón día con los sedales tirados por todos lados, solo cuando los iba a recoger para regresar a la casa después del infructífero día....... Se me pega un tiburoncito, así de chiquitico.- Diciendo esto, le señala con las manos abiertas unos dos pies y el checo muy interesado en la continuación de la historia, aceptó comprenderlo con un leve movimiento de la cabeza. Entonces Murillo al recibir la señal continuó más emocionado, viendo que su habitual público lo seguía con atención.
- Pues aquel tiburoncito me inspiró lástima y me dije......!Coño! De verdad que es un crimen matar a esta hermosa criatura....... ¿Qué hice?..... Llené una bañadera que tenía tirada en el patio con agua salada y allí metí al hermoso animal.- En esto paró de narrar como hacía normalmente para darle más interés al final del cuento, nosotros que conocíamos muy bien a Murillo, no nos atrevíamos a preguntarle nada por temor a que nos jodiera con unas de sus salidas, pero el checo cayó en la trampa.
- ¿Y cómo hacías para mantenerlo vivo?- Preguntó el checo.
- Muy fácil, todos los días le echaba un poco de agua fresca.-
- Pero eso es una esclavitud, en el agua salada se consume más rápido el oxígeno.-
- Tienes razón, yo le cambiaba el agua con mucha frecuencia, hasta que un día me cansé de hacerlo.-
- ¿Entonces que hiciste?- Preguntó el checo rabiando de la curiosidad.
- Pues a partir de ese momento comencé a quitarle agua.-
- ¿Pues entonces el animalito tiene que haberse muerto? Dijo el checo con algo de sorpresa.
- Pues no, fíjate que no, el tipo se fue acostumbrando y así llegó el día en que lo dejé sin agua y hoy lo tengo amarrado en el patio, hasta ladra.- El checo al oír aquello se puso tan rojo, que yo pensé por un instante que le iba a dar un infarto, aquella noche fue la última que participó en la sobremesa con los indios y Murillo siguió deleitándonos nuevamente con sus cuentos.
La Maga
El barco “Jiguaní” fue uno de esos que siempre se caracterizó, por tener una muy buena tripulación, esto sucedió hasta que fue invadido por militantes, de verdad que éramos algo así como una familia. Entre estos tripulantes se encontraba un maquinista muy famoso en la flota, en realidad su fama la traía desde su época de estudiante en la Academia Naval. Humberto era un tipo muy noble, hablaba ruso, de gafas por una miopía bastante desarrollada, tendría más de seis pies de estatura, de piel blanca, con el pelo negro y rizado. Pero su fama no se debía a su tamaño, ni a su carácter, él se hizo muy famoso a la hora de bañarse, después que los guardiamarinas descubrieron que entre las piernas, le colgaba un tareco de más de doce pulgadas en estado de reposo. Esto trajo como consecuencia que el hombre optara por bañarse en horas de la noche, para evitar la curiosidad y broma de sus compañeros de estudio, ante la longitud de aquello que llamaban manguera.
Cada vez que el barco entraba por puertos del interior del país, un tercio de la tripulación partía a sus casas de descanso, los restantes se mantenían a bordo para garantizar todas las operaciones. Para aliviar un poco la vida del marino, se autorizaba tener las esposas de los tripulantes en estos puertos durante la permanencia de ellos atracados. Así un día, Humberto le pidió a su esposa que llegara hasta Cienfuegos para poder estar juntos, aquello no asombró a nadie, la sorpresa se produjo cuando su mujer llegó y él se la fue presentando a los tripulantes. De verdad que se formó un gran alboroto entre todos, cada quién la saludó con mucha amabilidad como era normal entre familiares, pero al instante surgieron los comentarios sobre la mencionada mujer, es que los barcos son muy parecidos a cualquier solar de La Habana. Aquella muchacha no levantaba más de cuatro pies del suelo, escasamente llegaría a las cien libras de peso, era muy simpática y jovial, pero nada de eso le interesaba a la tripulación, la pregunta que surgió de manera espontánea y generalizada era; ¿cómo aquel pedacito de ser humano, podía dispararse la manguera de Humberto? Esa fue la pregunta de todo el día, pero allí no paró la cosa y la gente quería salir a toda costa de sus dudas.
Se hicieron apuestas entre todos, generalmente, lo que se jugaba la gente era una caja de cerveza o una botella de ron. Unos apostaban a que gritaría cuando Humberto se la metiera, muy pocos jugaban en contra, convirtiendo aquello en una gran jodedera. Para salir de las dudas y cobrarse las apuestas, los involucrados en el juego tenían que esperar a la noche, entonces, los apostantes nos dividiríamos en dos grupos que ocuparíamos los camarotes aledaños al de la pareja, con el compromiso de no hablar ni hacer ruidos. Así fue, desde ambos lados se podía escuchar todo lo que hablaban hasta que llegaron a la cama, todo se podía captar perfectamente, el sonido que se producía cuando cambiaban de posición en la cama, los besos sonoros y luego los gemidos. Como no se escuchó ningún grito ni lamento hasta el mismísimo final del acto, todos nos miramos perplejos a los rostros y a una señal salimos en silencio para la cubierta, allí cada cual, que eran los menos, reclamaban el pago de su apuesta, entonces, uno del grupo en medio de su sorpresa, no pudo contener su estado de ánimo y expresó:
-¡Coño caballeros! Esto no tienen nombre, de verdad que todavía no lo creo, miren a esa chamaca con el tamaño de una bijirita, se ha metido la morronga de Humberto sin protestar, de verdad que es una “Maga”, se la tiene que haber desaparecido. Todos nos echamos a reír de lo bueno y a partir de entonces, la tripulación comenzó a llamarla por ese nombre. Pasado varios meses de aquel incidente, Humberto se enteró por boca de un chismoso sobre lo acontecido, y permaneció irritado por un tiempo, luego, hombre noble al fin y al cabo, borró de su mente ese episodio y volvió a ser el mismo.
Años más tarde y siendo yo Segundo Oficial en el buque “Topaz Island”, viajaba con nosotros una traductora muy sexy, de verdad que la chamaca me gustaba mucho y de vez en cuando le dejaba caer un piropo, hasta que un día me decidí enamorarla, en ese momento retrocedí con la potencia de mis máquinas, la muchacha en cuestión me dijo que era la prometida de Humberto, él se encontraba navegando en otro buque, y aquel repentino arrepentimiento no fue solamente por respeto a ambos, es que me puse a pensar. ¿Qué se le puede mostrar a esta hembra para que se asombre?


