Remontando el Río Averno - Luis Bersani


REMONTANDO EL RIO AVERNO

por Luis Bersani 


Cerró con fuerza su mano izquierda y sintió -o mejor- no sintió sensación alguna, tampoco la presión de la moneda de un peso que había tomado de la mesita de luz momentos antes de emprender este viaje.

Probó con la mano derecha, pero se repitió el episodio. Percibía los límites de mi cuerpo pero no había otras sensaciones; ni siquiera la pérdida de la moneda me produjo demasiada inquietud, que además se fue disipando a medida que transitaba este entorno novedoso de luces multicolores que pasaban a mi alrededor. Sentía un gran confort producido mayormente por la ausencia de dolores que me habían mortificado cuerpo y mente durante el último tiempo de mi estadía allá abajo, o allá arriba? El adelante, atràs, arriba o abajo no tenían ahora significación, sólo sabía que estaba avanzando.

Hacia dònde? a cruzar o remontar el Averno. Recordé nuevamente la moneda perdida. Cómo pagarle al barquero? Cuando llegásemos a ese río ya veremos. Noté que seguía pensando en plural: llegásemos, veremos.
Cómo y cuándo se me habría pluralizado el pensamiento?.
Desde niño reflexioné siempre en término de dos personas, sería un producto del binomio cartesiano mente-cuerpo? No se me ocurrió ninguna respuesta más aceptable que era una formación para “darme coraje” en las decisiones; recordé que a los diez años estaba en una fila con otros esperando a que me aplicaran una vacuna, yo miraba desde unos pasos la inyección que esgrimía el enfermero y sudaba frío, cada vez que me llegaba el turno,  le cedía el puesto al niño que estaba detrás de mí, pero inevitablemente se me acabaron los reemplazos y recuerdo que pensé “vamos” y “fuimos”.

La velocidad con que pasaban las luces iba decreciendo, apareció también un rumor como de brisa entre las hojas que a medida que transcurría el tiempo se iba enriqueciendo con sonidos musicales  muy tenues y delicados, casi como un sutil cascabeleo. 

Sumado a la sensación de levedad me proporcionaba una sensación de confort y paz: era un viaje placentero. La paz sólo se veía alterada por la incógnita de lo que me esperaba al final del viaje, pero ni siquiera este desconocimiento lograba producirme ansiedad, a lo sumo algo de curiosidad.

Las luces se hacían cada vez más débiles, el túnel inicial iba desapareciendo y era reemplazado por una bóveda azul oscuro con una consistencia visualmente aterciopelada, pero en todo el espacio interior a este enorme domo había una imperceptible y grata luminosidad; era como si se pretendiera brindar confianza, seguridad al viajero  presevando su autoestima, pero sin tibiezas.

Justo al frente de la supuesta dirección a la que enfilaba, había un punto más oscuro, fácilmente detectable en esa bóveda celestial sin estrellas.

Sí. No había duda, a medida que transcurría el tiempo, ese punto, esa mácula iba cobrando nueva magnitud y nos dirigíamos hacia allí. Tiempo estimado? Ni la más remota idea, de cualquier forma, sin apetitos, prisas ni necesidad de toilette todo se traducía a un  dejarse estar casi voluptuoso.

El aburrimiento tampoco formaba ya parte de mi estructura mental; la falta de actividad se neutralizaba con la ausencia de necesidad de estímulos.

Pero a medida que ese “agujero negro” se aproximaba, su inexorabilidad me hacía recordar la pérdida de la moneda. Cómo pude ser tan torpe si lo había planificado tanto, esta pérdida volvía recurrentemente a mi mente.

Cómo iba a pagar mi viaje a Caronte? Còmo remontar un río que no conocía; podría vadearlo? para ir adónde?.
Pero el miedo, mi viejo y fiel compañero, ya no anidaba en mi corazón.
Muchos antes de mí ya habían hecho este viaje y hasta donde sabía, todos habían cruzado, de quejas ni hablar.

Pero todavía estaba muy identificado con el régimen monetario que había regido toda mi vida y estaba seguro que sin dinero no habría transacción posible; qué podía negociar para pagarme el viaje? Veamos -volviendo al pluralismo- hagamos un repaso de la cosas, bienes, inclusive pensamientos, que podemos intercambiar acá.
Hasta donde podía ver o mejor dicho percibir, no tenía ni ropa ni calzado; es más, estaba desmaterializado, era puro pensamiento y percepciones.

Bueno, tenemos algo, pensamiento y forma de expresarlo. Estàs seguro? De qué? De poder expresarlo.
Sin pensarlo demasiado, porque en realidad a nadie me dirigía, articulé un “hola” lo más civilizado posible. Escuché mi propia voz, la vieja y clara voz de siempre!
Había dado un gran paso, fuere cual fuese el destino final, tenía la posibilidad de comunicarme.
A intervalos regulares gritaba “hola” en todos los tonos que podía, desde los más graves hasta los más agudos.
De pronto me pareció un comportamiento absolutamente ridículo, estar gritando como un alienado en medio de toda esa nadedad que por otra parte no me respondía ni con un solitario eco.
Cómo era el trayecto que había recorrido hasta ese momento, giré la cabeza miré detenidamente hacia atrás, pero el panorama no cambiaba; estaba en medio de una burbuja universal.


Pero esta uniformidad no duró mucho, la mancha negra del frente había crecido notablemente, ahora su redondez se hallaba dividida por una línea de color gris que iba creciendo rápidamente.
De pronto la línea estaba frente a mi, tenía significado, había llegado al río.
La primera parte del viaje había terminado. El agua se mostraba como un manto de terciopelo azul oscuro en movimiento, el suave oleaje que batía la orilla era casi un susurro.
Ahora podía distinguir los objetos porque estos estaban delimitados por finas y sutiles líneas blancas que además le daban al agua una apariencia de brillo.
Miré a ambos lados y sòlo pude percibir la lisura de la nada; traté de ver la orilla opuesta, si es que la había, y recibí la misma imagen.
Pero una sombra en medio del agua comenzó a despegarse de las demás, iba cobrando forma y pude ver que se trataba de un bote a remos, parecía un viejo ballenero de líneas muy redondeadas. En el banquillo central había una figura a cargo de los remos avanzando de espaldas hacia donde yo estaba.
 
Estaba cubierta con un manto oscuro rematado en una capucha y con grandes mangas que ondulaban al compás de las remadas. Hacia proa había agazapado un perro, yo esperaba encontrar al fiero can de tres cabezas con fauces amenazantes, pero era un minúsculo chihuahua negrito.
El bote subió con un leve siseo sobre la arena de la orilla y ahora podía percibir con más tonos grises todo el entorno.
Los movimientos del remero eran suaves y lentos, hizo reposar los remos en el interior del casco, se irguió sobre la razonable estabilidad del bote varado y giró sobre sus pies hasta quedar frente a mi.
Supongo que me observaba porque su capucha  y la sombra que èsta proyectaba no me permitían distinguir ningún rasgo.
Lentamente deslizó una de sus mangas en el interior de su manto y volvió a aparecer con un jarro de cerámica, lo agitó extendiéndolo hacia mí y se escuchó el campanil sonido de monedas en su interior.

-“Dinero”, era casi un suspiro. No era una voz común, como todo susurro no tenía   gènero, pero era apremiante.
-No tengo, lo perdí en la travesía. Le respondí de inmediato con tono categórico.
-“Sin dinero no hay cruce del rìo” volvió a exhalar el barquero.
A todo esto el chihuahua se me habìa aproximado y me observada con sus ojitos desorbitados y curiosos.
-Qué ocurre con los que no pueden pagar? Pregunté.
-“Se quedan en esta orilla por toda la eternidad” insistió Caronte, que de él se trataba.
-No veo ninguna multitud en esta orilla, debería haber millones de incobrables. Tenemos que iniciar algún tipo de negociación. Insistí.

Se produjo un silencio mientras yo pensaba que muchos más argumentos no tenía y viéndolo de un  modo muy argentino me decía: Bueno, este lado del Averno no está tan mal.
El chihuahua se acercó nuevamente al barquero y comenzaron a cuchichear entre sí, de vez en cuando ambos hacían silencio y miraban en mi dirección.
-“Te voy a llevar pero con una condición: tú remarás a lo largo del Averno hasta llegar a destino” siseó la sombra.
Me pareció una salida ventajosa y no dudé en aceptar.
-“Sube, empuña los remos y comienza”.
Hice lo que me ordenaba, mientras figura y perrito se sentaban en la banqueta de popa sin apartar su atención a cada uno de mis movimientos.
En parte por haber superado el trance y por otra parte porque remar es una actividad placentera, comencé a sentir cierto goce por aquella travesía; lentamente iba recuperando la sensibilidad de mis miembros y noté que a pesar de la gimnasia, no me agitaba.

Mis compañeros de popa acopañaban mis remadas inclinándose ora atrás ora adelante como si fueran timoneles. Comenzaba a haber cierta camaradería a bordo?
A espaldas de ellos comenzó a surgir de la masa de agua una luna llena enorme.
Había comenzado a sentirse nuevamente el susurro acompañado de suaves cascabeles.
Las figuras de mis compañeros se recortaban con nitidez contra ese disco de plata. El tiempo transcurría sin impaciencias. Mis remadas eran lentas y perezosas.

Del manto que cubría la figura de Caronte comenzó a asomar una mano, una maravillosa mano de mujer iluminada por la luz argentada, le siguió un brazo igualmente escultural; mi admiración dio lugar al asombro cuando emergió todo el brazo y esa mano prodigiosa se posó en mi rodilla, sentí por primera vez en ese viaje la calidez en mi piel.
Y emergiendo del manto escuché una hermosa voz de mujer que me preguntaba:

-“Porqué remas tan rápido?”      

Fin

Luis Bersani

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