Bendita sea la luz - Agusticedo
Bendita sea la luz -
Agusticedo
Bendita sea la luz/ y la santa Vera Cruz./ Y el señor de la verdad/ y la Santa Trinidad./ Bendita sea el alba/ y el Señor que nos la manda./ Bendito sea el día/ y el Señor que nos lo envía. Cantinela recitada en el siglo XV por el paje de guardia durante la navegación de una nao.
BENDITO SEA EL DÍA
Bendito sea el día en que esta cáscara de nuez arribe a buen puerto —dice molesta Isabel Medina a las catorce mujeres, diez hombres, varios chicos y cuatro frailes que descansan en la popa —cerca de la escotilla del capitán— después de oír el pregón del alba y recibir el sacudón de una gran ola.
Sí, descansan porque dormir lo que se dice dormir, desde que zarparon no lo ha hecho ninguno. El oleaje es impresionante y nadie que no sea de la tripulación, se anima a asomarse por la borda. Y menos hoy, dado que ayer por la tarde cuatro mujeres han dejado el barco impulsadas por el violento empellón que un enorme pez le dio a la “cascarita”.
Las cuatro damas estaban junto a la balaustrada mirando el horizonte y se quedaron sin él. Las cuatro eran jóvenes casaderas.
En su fuero íntimo, Isabel piensa que tiene cuatro competidoras menos, porque si ella se ha animado a emprender tan espantosa travesía ha sido por la ilusión de “cazar” a alguno de los ricos y gentiles castellanos que en las Indias juntan plata y oro a paladas y están deseando la compañía de mujer española.
Aunque desde hace días se pregunta si valdrá la pena tanto sobresalto. Sí, porque este tratar de conseguir marido rico le está costando demasiados sustos. Si bien el ir a las Indias lo han impulsado la pobreza, el desamparo y la carencia de hombres en Sevilla, ahora que el viaje es un devenir de riesgos, discurre que debería haber buscado una salida más fácil.
Pero ya es tarde para el arrepentimiento. Va a tener que encomendarse a la Virgen de las Rocinas y no pensar más en cuánto le ha costado juntar treinta y tres pesos de oro para el pasaje y otro tanto para la licencia.
Después de todo ya le habían prevenido que cruzar el mar no iba a ser un lecho de rosas. En realidad, lo que le molesta no es el peligro del naufragio o del abordaje de los piratas —los franceses andan saqueando navíos— sino que la nave esté imprudentemente pertrechada.
El maestre debería haber tenido en cuenta que no lleva solo conquistadores para invadir tierras y frailes para adoctrinar. También transporta a mujeres y niños que merecen mejor atención, ¡qué tanto!
En la nave no se encuentra espacio donde estar tranquila.
Ni agua para lavarse. El agua es para beber y no precisamente cuando se tiene sed. Se da una ración diaria a cada navegante, y la verdad es que huele mal y sabe peor: se la ve oscura. Bañarse, lo que se dice bañarse, solo se logra si una ola inmensa manda un chapuzón o cuando San Pedro la arroja como lluvia. Y ni hablar de la intimidad para las cosas privadas. Está bien que nadie falta el respeto —los cuatro frailes vigilan— pero muchas veces las mujeres necesitan estar solas. Los sitios que permanecen ocultos a la vista de todos, están repletos de armas, toneles de agua, vino, aceite y todo tipo de enseres para la tripulación.
Los pasajeros han tenido que traerse jergón, almohada, manta, olla, escudilla, tazón y el alimento a consumir durante cincuenta y cinco días. Su matalotaje es una confusión de tocino seco, arroz, lentejas, garbanzos, guisantes, “vizcocho” —duro de rer— con un revuelto de ropas interiores, faldas, mantones, faralaes y vaya a saber cuánta cosa que nunca va a usar.
También ha tenido que confesar, comulgar y hacer testamento antes de embarcar, actos que deben cumplir los que viajan en barco. No le ha molestado ni lo del testamento —nada tiene para dejar a su hermano, único pariente— ni lo de los sacramentos porque es devota y desde que puso un pie en la nao se la ha pasado rezando.
Bueno, todos hacen lo mismo. No es para menos. Con los sustos que les pegan las grandes olas, recurren a Dios y a María Santísima a cada tambalee del navío. El ¡ay, madre mía de mi alma vuélveme a tierra! junto con el ¡maldita sea la estampa del tío que inventó el barco! se oyen de proa a popa cuando el temporal los menea en demasía.
Es que está resultando dura la travesía: son escasos los buenos momentos. Para Isabel el único e inolvidable ha sido el de ¡larga trinquete en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero que sea con nosotros y nos guarde y guíe y acompañe y nos dé buen viaje y salvamento y nos lleve y vuelva con bien a nuestras casas! que oyó cuando zarparon de San Lúcar de Barrameda. Le saltaron las lágrimas.
Realmente las calamidades que han ocurrido en estos treinta días, es mejor no recordarlas. La trágica sucesión de desastres ha pasado a ser una constante. Lo que no guarda constancia es la condición física de la nave. Día a día se la nota más caída. Las tempestades no tienen piedad con la pobre. Cuando terminan de embestirla, no solo hay desaparecidos, lastimados o confundidos que se han lanzado al agua: la nave parece haber participado de una feroz golpiza.
La vida a bordo es mecánica. Si bien la popa es el lugar más seguro para movilizarse o tratar de dormir, apenas amanece es necesario que los cuarenta o más pasajeros —la tripulación duerme en cualquier lado que no sea la popa— se levanten rápido a efectos de no ser pisados por la marinería que comienza con la tarea de todos los días.
Después de que el grumete recita la cantinela de las bendiciones, todos se incorporan, rezan un padrenuestro, un avemaría y dicen a coro: “Dios nos dé buen día, buen viaje, buen pasaje haga la nao, señor maestre, y buena compañía y muy buenos días dé Dios a vuestras mercedes de popa y proa, amén.
Luego se desayuna como se puede y enseguida va el baldeo y el cepillado.
Éste es el momento en que el pasaje camina, para estirar las piernas, por estrechos espacios, sorteando cepillos limpiadores y restos de toda clase de desperdicios —algunos muy desagradables—, que los grumetes tratan de quitar.
A mediodía van a la “isleta de las ollas” —fogón en el centro de la cubierta— donde ya está ardiendo fuego para que las mujeres cocinen —se enciende al mediodía y se apaga a las cuatro. Las que están solas tienen que esperar a que cocinen las madres y las esposas, acción que marcha más o menos bien, pero cuando les toca a las “casaderas” se arma el tole tole. No hay día en que no tengan que intervenir los frailes y el maestre para arreglar el desbarajuste que provocan las bravas mancebas. Los hombres no se meten. Ellos esperan el alimento. Al fin se hace la paz y todos almuerzan. Isabel interviene poco en estas reyertas porque no guarda prisa, dado que no tiene los elementos para guisar los cocidos que tanto le apetecen: caldereta de cordero, cocido con pringá, bizcoletas, caracoles, cabrillas y conejo en salsa —¡si los tuviera otro sería el cantar!—. Debe conformarse con refreír habas y algún barbo seco. Aunque éste último ya huele rancio.
Después del complicado rito, va la sobremesa —sin mesa— en la que se cuentan historias que mucho tienen que ver con los peligros del viaje. Y si bien son tremendas, la mayoría llevan buen final.
Una de las historias de hoy la ha dejado inquieta por ello con rápido pensamiento, hace una promesa a la Virgen de las Rocínas.
Sí, a la bella señora que hace poco su hermano, Goro Medina, encontrara en la maleza de Mures mientras buscaba caza. Se hinca, reza y promete que si se le realiza el milagro por el que va a Las Indias, volverá a Mures, irá a la ermita de Santa María de las Rocinas y le pondrá a sus pies cien exvotos de oro puro.
Y si consigue esmeraldas, las incrustará por todo el santuario, formando su nombre.
Un viejo marinero grita desde el otro extremo de la nave: ¿Queréis saber orar? Id a navegar.
Seudonimo: AGUSTICEDO


