Un cuento de anclas - Jontranquilo - SEGUNDO PREMIO

Un cuento de anclas

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                                                                          jontranquilo


1.Ayer
Llevábamos tres anclas a bordo del Troppo, nuestro velero. Una era de hierro, pesada, vieja pero robusta,  tipo Britany,  buena pero poco apropiada. En mi barco no pegaba, simplemente no cabía en el pescante de proa y  eso me hacía tener que llevarla del pañol de popa a proa. Ida y  vuelta cada vez que fondeábamos. La otra, hermana pequeña de la primera, solo podía soñar con aguantar el bote en nuestras buceadas. La tercera, más moderna y apropiada para la proa de nuestro velero, no tenía sin embargo la talla necesaria, demasiado pequeña como para dejar el barco a su cuidado. Por eso quería  comprar otra ancla, con la forma y el tamaño suficiente para permanecer estibada en el pescante de proa y así  evitar  los esfuerzos y peligros de moverla de un lado para otro.
En Tenerife fondeamos en una cala unos cuantos barcos, todos viajeros ya conocidos y con la máscara y el tubo me eché al agua para ver cómo trabajaban nuestras anclas.
Había bastante mar de fondo y viento y todas ellas  trabajaban esforzándose en mantener las embarcaciones en su sitio, tratando de evitar que acabaran en la playa, en las piedras o chocando contra otra nave hermana. 
Buceando observé  cómo mi ancla, la mediana, dejaba una huella en el fondo mostrando el camino recorrido en su garreada. No podía con el barco, sufriendo los empujones de las olas sin poder frenar su marcha.
Vi también que el ancla de un  francés, demasiado pequeña para su barco,  daba saltos bajo el agua  y volaba unos metros para clavar sus uñas de nuevo en la arena y así una y otra vez en su camino hacia la playa. Y vi otra que sujetaba un gran catamarán y no se movía del fondo. Por cada tirón que daba más hundía la uña hasta casi parecer que  ya no estaba. Esa iba a ser la mía. Más tarde recorrería las calles y tiendas náuticas de Santa Cruz para encontrarla.
De vuelta de mi buceada ofrecí al francés mi ancla más pesada. Perdí un ancla pero gané un amigo, su barco: el Aldebarán.
En Santa cruz encontré la que sería nuestra  nueva  ancla y la compré. Era la más cara del mercado pero merecía la pena. Iba a cuidar de nuestro barco en nuestras  excursiones a tierra y de nosotros y de nuestro sueño mientras estuviéramos a bordo.
En Santa cruz mi nuevo amigo  francés me quiso devolver la que le había prestado, pero le dije que se la quedara, que ya me la devolvería más tarde.
Días después navegamos juntos hasta Cabo verde y allí, antes de salir para cruzar el Atlántico se ofreció  otra vez a devolvérmela. 
-Ya me la darás en el Caribe, le dije
Salieron un día antes que nosotros para cruzar el gran charco.
Trece días después contactamos con ellos con la radio vhf en medio del Atlántico, a dos días de ver tierra y entre lágrimas de alegría y de emoción.
Llegamos un día antes que ellos a Martinica. Luego, cuanto le vi, nos fundimos en un abrazo.- Quieres tu ancla? -Me dijo -Si no la quieres te la compro...
-Guárdala contigo, no te la vendo, pero te pongo una condición:
Mi condición es que cuando acabes tu viaje, en el mismo momento que llegues a casa
 empezará la cuenta atrás. Por cada mes que pases sin venir a mi casa a entregármela, te cobraré cinco euros de alquiler, Ok?
-Ok  fue su respuesta.
Supimos de ellos durante el resto del viaje, pero nuestro camino no volvió a cruzarse.

 2.Hoy
Dos años después nos reunimos unos cuantos de los amigos conocidos en nuestra aventura, qué digo amigos,  ya  hermanos  de mar.
Hablamos de nuestros proyectos, de nuestro viaje, de nuestras vidas. Unos contaban que alquilarían un velero ese verano en Bretaña , otros que harían el camino de Santiago otros...
Nuestro amigo el del ancla  nos contó su proyecto de navegar en el verano hasta Irlanda desde su puerto en Bretaña Norte.
Y nosotros les contamos que íbamos a llevar el barco navegando desde el Cantábrico al Mediterráneo, vuelta a la Península durante un par de meses.
Pero antes de  verano me surgió un trabajo en Concarneau, en un astillero en el sur de Bretaña. Cambiamos los planes y decidimos ir allí  navegando con el  barco y la familia y después  pasar  las vacaciones  costeando por Bretaña .
En Concarneau estuvimos un tiempo en puerto y mientras yo trabajaba Ana se encargaba del barco y hacía un poco de turismo con los niños.
Allí trabajé doce horas diarias durante una semana preparando un velero de alta competición, ganador de la última regata de la "Ruta del Ron". Querían remodelarlo para la regata de Barcelona-Barcelona, vuelta al mundo con dos tripulantes y sin escalas.
-Ven a cenar hoy pronto, me dice Ana por teléfono, -estamos invitamos a un apego por unos franceses.
Un apego (aperitive) es un aperitivo, costumbre preciosa, muy francesa, gracias a la cual la gente acaba conociéndose bien  casi desde el primer momento del encuentro.
-Quien nos invita?
-Ya verás.
 Intrigado llego al barco pensando que podrían ser otros franceses amigos del viaje que habían alquilado un velero para pasar un par de semanas y con los que habíamos compartido la cena del día anterior. Pero yo los había visto partir del puerto esa mañana. No, quizás hayan vuelto. O quizás podrían ser los padres de esa niña que invitaron mis hijos a jugar el otro día.
Según voy llegando al barco veo una proa azul conocida que asoma a dos atraques del nuestro.
-No puede ser !  ¡Es Aldebarán!
 Ana me cuenta el encuentro. Thierry y Odile, nuestros amigos del ancla, partieron de Bretaña Norte para navegar hasta irlanda con un par de compañeros, como habían planeado. Pero la meteorología  no se portó bien con ellos y decidieron dejar de pelear poniendo rumbo cómodo a Galicia. Ya de vuelta hacia casa, Odile enfermó y como su estómago  no aguantaba el movimiento decidieron hacer parada en Concarneau para descansar un poquito.
Tras una maniobra de atraque perfecta,  como debe de  ser, Thierry baja al  pantalán a conectar el cable de la corriente. Así agachado,  ve una proa con matrícula, al estilo español, y se extraña, ya que por esos parajes no nos prodigamos demasiado.
Levanta la cabeza y ve la bandera vasca ondeando en el mástil y es entonces cuando empieza a sospechar que estaba ante el Troppo.
Mira un poco más abajo y ve la cubierta con las colchonetas aireándose y la colada colgada por todos lados, las tablas de surf, los reteles, las cañas, los cachibaches.
Ya no hay duda, es el Troppo!
Se acerca al barco justo en el momento en que Ana baja al pantalán con más colada.
¡Increíble el encuentro!

Corro a su barco y nos fundimos en un abrazo.
Emocionados nos  separamos  y él señala al pantalán, justo al lado de la proa de su velero.
Allí estaba el ancla, sin óxido, brillante y sobria, como si de una ofrenda se tratara.
-Aquí está tu ancla
Cenamos juntos esa noche en Aldebarán.
Curiosa pareja. Padres de dos chicas adolescentes, son como un oasis de paz y de control. El, siempre rodeado de sus tres mujeres, atento y dulce como un fraile bonachón. Ella, soñadora, se evade del mundo por momentos pareciendo que  entrara en trance, sobre todo cuando está entre los que quiere, y cuando camina no camina, se desplaza levitando. Las hijas, fiel reflejo de los padres. Son, podríamos decir,  la familia de los místicos. 
Nos preparan una cena Caribeña . La noche cae y entre ponche y ponche todos se van retirando a sus literas.
A las tres de la madrugada ya solo quedamos los dos y él  me recuerda:
-Ya por fin te puedes llevar tu ancla. 
Y es entonces cuando le digo: Thierry, amigo mío, déjame que te cuente la verdadera historia de mi ancla.
-Y aquí empieza la verdadera historia de mi ancla, ¿quieres que te la cuente?

3.Anteayer
Era el año 1993. Trabajaba en Bermeo, un pequeño puerto de pescadores en el País Vasco. Paseaba por los muelles con un conocido que hoy lo presumo como buen   amigo. En nuestro paseo, dejamos atrás la fábrica de hielo y la zona de los pesqueros llegando a donde se encuentran algunos veleros amarrados a sus boyas.
 Vemos el mástil de uno de ellos asomando inclinado unos metros del agua.
-Que le ha pasado a ese velero?
-Con la marejada de estos días ha faltado la amarra de la boya de popa y ha chocado contra el muelle hundiéndose allí mismo.
-Estaría bien bucearlo.
-Tengo botellas.
-Vamos  ?
Un par de días después allí estábamos.
Mi amigo  conocía a los dueños del velero y éstos le habían dicho que el seguro daba pérdida total pero que estaban obligados a retirarlo.
-"Si bajáis y lo veis recuperable os lo regalo con tal de que lo retiréis"
Me contó que su dueña era una bretona, navegante solitaria que había llegado navegando desde Bretaña y aquí se había enamorado de un lugareño echando el ancla para siempre.
Nos preparamos para la inmersión. Yo sólo había buceado con botella una vez en el Mediterráneo. Fue aquella vez que el patrón de un crucero a vela  en Mallorca lanzó la botella al agua a diez metros de profundidad diciendo: "¡El que quiera bucear ahí la tiene!  Bajé y buceé. Y no me gustó. Me pareció aparatoso.
Sin embargo bucear para ver un velero hundido podía merecer la aparatosidad de la botella. Nos equipamos y nadamos hacia el pecio. Siete metros de profundidad eran suficientes para borrar su imagen en un fondo turbio, pero el palo nos guiaría directo hacia él.
Entre la bruma fangosa surgió por fin  la imagen del velero. “Belle Aurora” se llamaba.
Yacía inclinado en el fondo, soberbio, precioso, la mayor a punto de ser izada por la corriente, su costado medio hundido en la arena. Parecía que seguía navegando a pesar de su suerte. Su silueta era majestuosa, estilo noruego, con la popa en forma de proa, robusto pero estilizado, de madera de caoba pintada de blanco.
Estaba aparentemente intacto, pero en un examen más atento nos mostró su popa, herida por el golpe, abierta, destrozada. Forzamos la tapa del tambucho y al retirar las colchonetas que flotaban pegadas en  los techos, el limo se extendió intentando ocultarnos sus entrañas.
Subimos a la superficie y hablamos esperando a que el lodo se posara.
-Yo voy a entrar, le dije a mi amigo
-Yo te espero fuera
Bajamos de nuevo, ya con el agua aclarada.
 Me quité las aletas adentrándome en su interior  acompañado por una mezcla de emoción y de respeto, de adrenalina y de congoja. Se trataba de no mover demasiado el agua para evitar que se enturbiara.
Abrí cajones admirando la carpintería. Era marinero hasta la médula. En el suelo de la cabina,  la arena acumulada impedía ver si había más destrozos.
Fuera mi amigo ensimismado todo lo observaba.
 Una regla paralela, una campana, un lápiz, poco o nada se podía sacar de sus entrañas. Salvo sus anclas. Una pesada robusta y negra, tipo Britany oxidada. La otra también del mismo tipo pero más pequeña, era más nueva y todavía galvanizada, su brazo doblado por alguna enrocada.
Subimos otra vez a la superficie a hablar de cómo sacarlas. A pie, pensamos, guiados por la brújula de nuestros relojes, tomando una marcación a la escalera más cercana.
 Bajamos de nuevo a por las anclas. Nos quitamos las aletas y así, caminando, anduvimos tambaleando por el fondo en dirección a la escalera envueltos por la bruma, no sin antes echar una última mirada al espíritu del velero que ya casi
no  se distinguía.
A trancas y barrancas conseguimos llegar directos a la escalera, cosa nada fácil.
Me quedé yo las dos anclas.
A la grande, le rasqué su negrura oxidada y al rascarla saltó una pequeña piedra que llevaba incrustada. Era ovalada, blanca, casi transparente, a saber en qué cala lejana había sido atrapada.
Pinté el ancla galvanizada y recobró un poco el orgullo para ser de nuevo utilizada.
 A la pequeña le enderecé su brazo herido.
Las adoptamos en nuestro barco y nos acompañaron durante siete años.
 Cambiamos de barco y vinieron al nuevo, al Troppo con nosotros. En el transcurso de estos años nacieron y crecieron nuestros dos hijos.
Y coincidió que el espíritu viajero de estas anclas fue tomando sitio en  nuestros cuerpos hasta el punto de plantearnos un viaje al otro lado del Atlántico.
Un buen día, conocimos a una profesora de uno de mis hijos. Francesa, rubia de plata, hermosa por dentro y por fuera. Era la imagen de la maestra de las maestras, diosa de la enseñanza rodeada siempre por sus querubines. Poco estuvimos con ella pero  nació una química entre nosotros alimentada por el amor al mar y a la vela y el cariño hacia nuestros hijos. Y es cuando hablando de mares y  proyectos de viaje, ella nos contó su historia.
-“Yo era navegante solitaria y llegué hasta aquí navegando  desde Bretaña...”

4.Mañana
Y yo,  Thierry amigo mío, no fuí capaz de decirle que conocía su historia.
No fui capaz de contarle cómo yo había sido el último en entrar en su velero, cómo lo vi allí  en el fondo, digno y majestuoso, cómo parecía seguir navegando, cómo me acogió en  sus entrañas.
 No me atreví a decirle cómo el espíritu de su velero  seguía navegando con nosotros. No, no me atreví porque yo había forzado su entrada, yo  había pirateado sus anclas.
Ahora estas anclas han hecho por fin su viaje. Han arañado más mundo  que casi todas las demás anclas. Nos han inundado con su alma marinera.
Y ahora me toca a mí devolver un poco de ese espíritu a su dueña. A ella, ya de poco le van a servir  las dos  anclas. Guarda tú, amigo mío, la grande, la robusta, porque ella amará que siga clavando sus uñas en las blancas arenas de Bretaña.
La pequeña seré yo quien  la devuelva con este relato, agradeciendo para siempre  cómo su ancla, el ancla de la maestra, nos enseñó a escribir esta  historia.


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